martes, 25 de enero de 2011

¿Hay políticos con principios?

Se viene hablando mucho en las últimas semanas sobre las pensiones de los diputados y senadores, sobre los expresidentes metidos a consejeros de grandes empresas energéticas y sobre la casta política en general.

Obsérvese que siempre habíamos dicho la clase política, pero desde hace algún tiempo -sobre todo desde los medios de la extrema derecha- se utiliza abundantemente la palabra casta en su sentido más peyorativo.

Denigrando a todos los políticos sin distinción logramos que la gente, la masa que se mueve a golpe de indignaciones sucesivas provocadas por intereses espurios, se vaya apartando de la política (actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo) que es apartarse de la democracia.

La consigna es: Todos los políticos son iguales; no debemos creer en la política.

Jordi Évole, El Follonero, en su programa sobre la crisis de la izquierda, entrevistó el domingo pasado a Julio Anguita.

Leo en el blog de Lucas Leon Simon:

Cuando José María Aznar y Felipe González nos dictan al común de los ciudadanos una lección de indecoro e insolidaridad, cuando nos enteramos que María Dolores de Cospedal gana al año 241.000 € con el cobro de tres sueldos públicos, cuando sabemos que el presidente de la Diputación de Castellón no tiene mas remedio que declarar un patrimonio de 3,9 millones de euros cuando hace cinco años no declaraba ninguno, nos enteramos que, de manera totalmente accidental, se ha sabido que hace siete años, Julio Anguita renunció por escrito a la paga de pensión máxima vitalicia a la que tenía derecho como ex parlamentario, argumentando que "con la pensión que le correspondía como maestro tenía bastante".
Podremos estar más o menos de acuerdo con las opiniones de Anguita, o con sus actuaciones cuando ejerció la política. Pero también se puede coincidir en que hay distintas formas de entender el compromiso ético que se adquiere cuando uno acepta un cargo público... Y cuando lo abandona. Y, en eso, poco hay que reprocharle a Julio Anguita.


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